Hoy, de pronto, ha llegado la lluvia
barriendo los restos del verano. Las gaviotas permanecen inmóviles sobre la
arena húmeda de las playas, al fin recuperadas. En la ciudad, los últimos
veraneantes se refugian en el interior de las cafeterías y curiosean en las
tiendas para matar el tiempo. Todo presagia la cercanía de un otoño que, sin
embargo, aún no ha llegado: el olor de la lluvia, las hojas secas que flotan al
fondo de los charcos, los escaparates de las papelerías con anuncios de
descuentos en libros de texto y material escolar, el tamborilear –unas veces
suave, otras furioso- del agua en los cristales…Muy pronto vendrá todo lo
demás: el hacer y deshacer de maletas, el largo viaje, el cambio de la ropa en
los armarios….
En este final de un ciclo y comienzo de otro
es donde siempre he visto el verdadero
comienzo del año. Septiembre siempre marca un cambio: es el momento de
reencontrar las caras familiares, la vuelta a
la ciudad y la vida que había quedado atrás, en el paréntesis de las vacaciones… pero también,
junto al agradable regreso a lo familiar, se añade siempre algo diferente: la
adaptación a unos nuevos horarios, el comienzo de algún proyecto, actividades
diferentes que iniciamos con ilusión, rostros desconocidos cuyos nombres
tendremos que ir aprendiendo…
Recuerdo, de los tiempos en los que era
estudiante, la sensación de abrir los libros de texto recién comprados, todavía
intactos, y las páginas en blanco de las
nuevas libretas sin estrenar, con las que se iniciaba el curso académico. Algo
de eso hay todavía en septiembre, un mes que se abre como una página no
escrita, limpia y tersa, con esa ilusión que tienen siempre todos los inicios
de algo, en los que aún parece que cualquier cosa es posible.
También, en este cambio de ciclo, las
lecturas de verano dejan paso a otras, muchas veces ligadas al aprendizaje y el
estudio, al tiempo que los cambios estacionales nos invitan a volvernos hacia
el trabajo.
Por todo ello, siempre me ha gustado mucho el comienzo de un
poema de Fray Luis de León (la Oda al Licenciado Juan de Grial) que transmite en su parte inicial esa visión del
otoño no ligado a la tristeza –como muchas veces se ha hecho en la lírica- sino
al estudio sosegado. Para concluir, qué mejor que citar unas estrofas del comienzo de esta oda, tan acordes al inicio de este nuevo ciclo otoñal:
Recoge ya en el seno
el campo su hermosura, el cielo
aoja
con luz triste el ameno
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.
(…)
El tiempo nos convida
a los estudios nobles, y la
fama,
Grial, a la subida
del sacro monte llama,
do no podrá subir la postrer
llama;
alarga el bien guiado
paso y la cuesta vence y solo
gana
la cumbre del collado
y, do más pura mana
la fuente, satisfaz tu ardiente
gana.
……
Una entrada preciosa. La verdad es que yo soy de las que sufrían terriblemente ante el cambio de estación. El dejar atrás las vacaciones y el eterno día del verano para volver a la progresiva oscuridad de la rutina implacable me producía de pequeña una aguda tristeza (hoy en día sigo sin soportar los anuncios de la vuelta al cole).
ResponderEliminarSin embargo, he de confesar que, pasado ese período traumático de adaptación, me encanta el otoño, con su belleza, serena y melancólica en apariencia, pero tan cálida en su explosión de color. De verdad, ¿no os da la impresión a veces que en otoño se produce en los árboles una competición de color?